Frederic y Sussana conversan en una cafetería de la esquina:
F- Sussana, ¿Te acuerdas cuándo y dónde nos conocimos?
S- Sí, ayer al anochecer en el parque de los cisnes. ¿Por qué?
F- Eres la primera persona que no me responde con un ¿Cómo dices? Y te enfadas y te vas furiosa como si no te prestase atención, o como si no me importase, o como si no tuviese memoria.
S- Lo sé, sin pretender ser más que nadie, puedo decirte que pocas quedan como yo.
F- Si...Tienes razón, pocas tienen esos ojos de gata salvaje y esa boca pomposa. Pero dime, ¿Por qué comenzamos a hablar?
S- Yo estaba dando de comer pan a los cisnes y tú viniste a socorrer mi mano diciéndome que los cisnes me la acabarían devorando.
F- Ja ja ja ja...Qué Don Juan soy. ¿Te gustó?
S- Al principio me impactó un poco, pero me hizo gracia y me pareciste simpático. Sino, no estaría aquí contigo tomando este capuchino.
F- ¿Y si nos vamos a otro sitio? Comienzo a sentirme incomodo de tantas personas.
S- Mi casa está en la siguiente avenida, si quieres podríamos ir.
F- Por supuesto, estaré encantado de ver tu cuarto digo...Tu casa.
Sussana miró a Frederic con malicia y el esbozó una sonrisa pícara y juguetona, caminaron cada uno por una acera distinta aunque ninguno sabía bien por qué. Al de diez minutos andando llegaron al portal, Sussana metió la llave en la cerradura y abrió la puerta. La madera chilló como un gato siendo sacrificado y Frederic rió para sus adentros al ver que ella se estremecía.
S- Siempre me ha parecido tétrico ese sonido.
El le brindó un golpecito en el trasero y ella se giró y le dio un beso en la frente. Subieron andando, pues ella vivía en el segundo piso. Abrió la puerta.
S- ¿Te apetece pastel casero?
F- Realmente, me apetece más el pastel de la casa que tengo delante de mis ojos.
Sussana se sonrojó, se sonrojó muchísimo sobre todo mientras él se iba acercando lentamente. Frederic deslizó su mano derecha por la cintura de ella y con la otra mano acarició su rubia melena, ella le agarró por el cuello con sus brazos y se besaron con pasión. Sin soltarse y dando tumbos se dirigieron a la habitación naranja donde estaba la cama esperándoles.
F- Quiero hacerte el amor como nunca te lo han hecho. –dijo entre susurros.
S- Vamos, vamos, que me muero de ganas. –dijo relamiéndose los labios.
Al caer sobre la cama, el colchón chilló a muelles desgastados.
F- Siempre me ha parecido tétrico ese sonido.
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