miércoles, 27 de junio de 2007

¿Qué?¿Cómo?

- Árbol va!! - dice el Cangrejo Caconnidus mientras estrepitosamente la mole de madera se precipita sobre el suelo. Las ramas resquebrajandose recuerdan a los chasquidos de los huesos pulverizandose en mil pedazos, el sonido del otoño pasado.

- ¡Coño! ¡que puto ruido!, ¡me cago hasta en la remar! - masculla el alce tuerto y paticorto.
- Cállate puto alce seboso, había avisado. A quejarse a la casa de dios. - Dicho esto Caconnidus arremete con su pinza en la parte derecha de la cornamenta de su interlocutor.


Era martes por la tarde, las montañas del Yucatán estaban desoladas. Este baile de sirenas solo lo apreciaba un pequeño conejo, el cual, famélico, ansiaba la muerte de alguno de esos dos hijos de puta. Ofuscado entre la maleza disparaba piedrecillas de mármol aputando hacia el ojo bueno del puto alce seboso.

Puta hostia puta! Puta puta! - Se quejaba Aurelio el alce, [nombre puesto en conmemoriación de su abuelo: Aurelio el mono terrorista, que años atrás se fue a por tabaco sin decir adiós. Ya no volvió], el animal tuerto estaba ahora paralizado entre el enorme exoesqueleto de Caconnidus, ese jodido cangrejo anaranjado de dos metros de altura. Y aun por encima, cierto conejo famélico toca-uretras le estaba asestando en la cara con trocillos de marmol. - A WACHU WA DE FACHA SOTAI - berreó.

De la nada surgió un meteorito de 785 centimetros de diámetro en la ionosfera, cuando los supervivientes 2.5cm de radio impactaron sobre esas colinas del Yucatán se hizo el silencio.

Alce Muerto.
Cangrejo Muerto.
Conejo Muerto.

El sortilegio tuvo efecto.
Por fin se respira la calma.

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